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6-5-4-3-2-1… 27
A muchísima gente no le gusta que ponga el espejo retrovisor. Pero yo lo hago. Es decir, ¿cómo olvidar que hace seis años estaba recién renunciado/echado de esa institución que me dio un diploma y un cordón umbilical que, me enorgullece decir, rompí gracias a mi negativa a lamerle a ese señor?
Hace seis años tenía un séquito que se reunía a tomar café. Hoy, puedo decir que no me hablo con tres de ellos, mínimo. Con otros la interacción se ha reducido a la tradicional felicitación en Facebook y Twitter por cumpleaños/eventos especiales/grados/bodas. De los muchos, quedaron los happy few, hoy en día entre Inglaterra, Bogotá y Argentina. ¿Y mientras tanto, en esos seis años, qué pasó? Hice un viaje para ver a una novia que amé como a nadie y volví sin ella, pero volví como otro ser humano. Y puedo decir que esa exnovia hoy en día es una de mis mejores amigas. Hice otro viaje para conocer el otro lado de mi familia, y me comprobó muchísimas cosas de quién soy. Entre un viaje y otro, conocí a una mujer que me encantó desde el principio, terminé una tesis sobre el viaje, y leí más que nunca antes. Luego: la lectura. El olvido. El silencio.
En el camino, aparecieron los libros nuevos, junto a la música y la comedia. Y gente nueva. Y redescubrir a una amiga que se convirtió en mi Amiga. Y descubrir con mis hermanos de la maestría, con mis happy few y con todos aquellos que han llegado a mi vida por alguna razón.
Hoy tengo 27 años. Y siento, por primera vez en mi vida, que estoy realmente viejo. Aunque puedo decir que vivo mi vida en plenitud: esa que me faltaba en medio de la multitud. Trabajo, estudio, escribo, leo, enseño. Doy mi alma: recibo de muchas almas. Soy libre. Pienso lo que quiero sin importar que a un lelo o a una tonta le de por decir que “soy facho”. Y todo, todo, se da por algo.
Me pueden decir que soy “ incapaz de ser amigo de alguien, usted no es mas que un parásito que chupa y chupa de las personas y es incapaz de hacer algo por alguien a menos que le convenga de alguna manera”. Me pueden decir que soy una persona que necesita un tratamiento psiquiátrico. Me pueden decir que soy un patán.
Díganlo. Mi vida sigue, mejor que nunca. Y ustedes no pueden parar ese tren, así quieran volver a verme convertido en la escoria humana que era hace cinco años. Porque, señores, ese Andrés Sánchez que muchos de ustedes conocieron ha muerto. Y nadie está más contento con esa muerte que yo.
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